PARADOJAS. AQUÍ, ALLÁ, MÁS LEJOS.

by
Laura Alcoba

Laura Alcoba

Últimamente, en Francia (mi segundo o mi primer país, no sé como decirlo, en todo caso el país en el que vivo desde los diez años) hubo un debate que ocupó de manera enfermiza el espacio publico.

“¿Qué es “la identidad nacional”?: tal fue la pregunta que el Ministerio de la Identidad nacional y de la inmigración (eso existe en Francia…) decretó, hace unos meses, como debate del momento. El Gobierno invitaba a reflexionar sobre ese tema- era “primordial”, “esencial”, según el gobierno Sarkozy y principalmente su ministro de la identidad nacional, Eric Besson, alcanzar una definición común del “ser francés”. Llegar a tal definición aparecía como la condición para poder “vivir juntos” (“vivre ensemble”) en un territorio en el que muchas personas, a pesar de ser de nacionalidad francesa, vienen de horizontes culturales diversos.

Este debate dio lugar a muchísimas polémicas que pusieron en tela de juicio, como era de suponer, el debate en sí, su razón de ser, su fundamento.

Globalmente, los actores de la vida cultural, escritores, artistas, intelectuales, se opusieron a participar en ese debate que el gobierno había decretado como “debate nacional”.

***

Tengo ciertas reticencias a implicarme públicamente en debates políticos – me siento más cómoda en la posición de observadora, fuera, un poco de costado en todo caso. Pero en ocasión de lo que a mi modo de ver fue una inmensa farsa, lo hice. Firmé, sin dudar un instante, una petición que me parecía corresponder exactamente a mi parecer sobre este tema. Bajo el título “Nous ne débattrons pas sur l’identité nationale”, “No vamos a debatir sobre la identidad nacional” se publicó un breve texto en la prensa, texto con el que – no me ocurre muy a menudo- estaba plenamente de acuerdo. Por lo que agregué mi firma a las miles que lo apoyaron.

Si bien ésa fue globalmente la posición de la mayoría de los intelectuales de izquierda y en parte también de ciertos sectores de la derecha, a saber la negación, el rechazo a debatir sobre ese tema en los términos que proponía el gobierno y su ministerio de “La identidad nacional y de la inmigración”, la polémica que generó este episodio fue la ocasión para muchas personas de volver a leer a pensadores, intelectuales que habían reflexionado sobre temáticas cercanas – si bien enfocadas muy diferentemente.

Aquí probablemente se encuentre una de las grandes paradojas de este episodio reciente: a saber que, a pesar de que, globalmente, el medio cultural francés se haya negado a debatir sobre la “identidad nacional”, esa misma negación, ese rechazo precisamente llevó a muchas personas a decir por qué se negaban a ello… Y a “debatir”, de cierto modo, aunque fuera a su pesar… Trampa de la que afortunadamente se ha salido en Francia hace poco más de un mes, cuando se declaró por terminado dicho debate. Aunque, como era de esperar, no se haya llegado a respuesta alguna.

En ocasión de esta polémica, volví a leer algunas páginas del historiador Fernand Braudel al respecto. Brillantes, por su rechazo de la instrumentalización de este tipo de planteamiento identitario – visionarias, realmente. Algunas frases de Braudel parecían contestar de antemano a la torsión de ciertos conceptos, de esa idea “nacional” que encubrió, en realidad, esta vez como tantas otras, posiciones globalmente xenófobas.

En una de esas lecturas, caí sobre la idea siguiente, formulada por Braudel hace unos veinticinco años, poco antes de su muerte: La France, c’est la langue française”, Francia es su idioma, su lengua. Para Braudel, en eso consiste ante todo el ser francés.

Frase que muchos retomaron, ultimamente, que retomé yo también: se puede ser francés y musulmán, se puede ser francés y judío, se puede ser francés de tantas maneras… Lo que hace que pertenezcamos a un mismo espacio se basa en el idioma y en la posibilidad de comunicación (o de incomunicación) y de intercambio que este idioma común conlleva. Punto y aparte, para mí. “Je ne débattrai pas”, como dice la petición que evoqué anteriormente…

***

¿A qué viene todo esto?

Estamos aquí en un encuentro de “Escritores Argentinos y Alemanes/ Deutsch-Argentinisches Autorentreffen” Diez Escritores. Dos Países. Planteos y Poéticas Comunes”, anuncia el programa.

En este programa, formulado en estos términos: “escritores argentinos y alemanes/ dos países”, supongo que formo parte del primer grupo, el de los argentinos…

Pero, en verdad, no sé en qué sentido.

¿Qué significa ser un escritor argentino? ¿Qué significa ser un escritor alemán? Si la definición es lingüística (la definición que daría mi editor español, Daniel Fernández, es: un escritor argentino es quien escribe en un castellano extraño, quien dice “bañadera” en lugar de “bañera”…), no puedo considerarme una escritora argentina.

Escribo en francés. Tanto Manèges, petite histoire argentine/ La casa de los conejos como Jardin blanc/Jardín Blanco – novela que se va a publicar  próximamente en Argentina- fueron traducidas al castellano del francés, que es mi lengua de escritura.

Es más: ambas traducciones, a pesar de que las haya leído, comentado y/o corregido muy atentamente antes de la publicación, no son mías. A pesar de que el castellano sea mi lengua materna. La traducción de Manèges/La casa de los conejos, la firmó el escritor argentino Leopoldo Brizuela; la de Jardin Blanc, que se publicará próximamente, es del poeta y traductor argentino Jorge Fondebrider.

No obstante, no creo del todo ilegítimo que me hayan invitado

como autora argentina…

***

El problema de la pertenencia geográfica, cultural –aunque no lingüística, escribo en francés y continuaré escribiendo en francés- se me plantea constantemente. Tengo conciencia que la pertenencia de mi primera novela, particularmente, Manèges (La casa de los conejos…) al campo de la literatura francesa no es nada evidente.

De hecho, la mayor parte de la gente que la ha leído, incluso muchos de quienes sólo la conocen en su lengua de origen, el francés, perciben la novela como un libro argentino. En el verano 2007, me invitaron al festival de literatura latinoamericana que se celebra cada año en Francia, el festival Belles Latinas. Lo mismo había ocurrido unos meses antes en el Salon du livre d’Amérique Latine de París: en ambas ocasiones, se me invitaba como autora “argentina”. Y en ambas ocasiones se evocó el hecho de que hubiese escrito Manèges en francés como una forma de “accidente de la vida”.

Lo mismo ocurrió fuera de Francia a la hora de publicar el texto en traducción. En el mes de abril del 2008, cuando la editorial Edhasa Argentina publicó el libro en castellano, se integró el libro en la colección de narrativa hispánica, la “colección azul”. De hecho, en esta colección, La casa de los conejos – título castellano de Manèges, petite histoire argentine– es el único libro traducido. No obstante, para Fernando Fagnani, mi editor en Edhasa Argentina, era una evidencia que ése era el lugar de La casa de los conejos. La misma opción fue la de Edhasa España, que lo publicó posteriormente. Esta vez, evoqué sin rodeos mi sorpresa ante mi editor español, Daniel Fernández : “¿se puede decir que éste es un libro de narrativa hispánica?”, le pregunté. Mi pregunta no se debía a que quisiese cambiar de colección; en el fondo, no estaba muy segura de que la “colección granate”, la que reúne los títulos de literatura extranjera en Edhasa, fuese la más indicada… Pensaba no obstante que era algo extraño que se publicara como narrativa hispánica un libro traducido del francés. Daniel Fernández me contestó que para él no había duda alguna al respecto: “Éste es un libro argentino” dijo. Y punto. En cuanto a la editorial alemana Suhrkamp que publicará la versión alemana dentro de unos meses, me han anunciado que para ellos se trata de un libro que entra en su catálogo de “autores latinoamericanos”. Ahora bien, la versión de origen del libro no sólo fue publicada en francés, sino que encontró un lugar en la llamada collection blanche de Gallimard. Que es precisamente la colección de literatura francesa de dicha editorial….

En el caso de Manèges, petite histoire argentine/ La casa de los conejos (que es el libro por el que estoy aquí, supongo, ya que es el único al día de hoy que se haya editado en Argentina) la elección del francés como lengua de escritura tiene una importancia particular. La elección de este idioma que no sólo no es mi idioma materno sino que no es el idioma en que tuvieron lugar los hechos que constituyen la materia prima del libro tiene mucho que ver con el proyecto, precisamente.

Es más: creo que era la condición sine qua non para que existiera ese libro.

El cambio entre la lengua en que tenía grabada algo así como la banda sonora mental del momento que traté de rescatar en Manèges y la lengua del libro en el que he trabajado parte de esa misma banda sonora tiene un papel fundamental a la hora de tratar de explicar lo que a mi modo de ver es Manèges, la hibridez genérica que lo caracteriza: novela, texto autobiográfico, petite histoire como lo propone el titulo francés, a la vez Historia e historia, cuento…. Ese libro no es nada de eso y es todo eso a la vez

Efectivamente, tengo la certeza de que si este texto existe, si pude terminarlo y finalmente “soltarlo” proponiéndolo a una editorial, fue gracias al hecho de haber querido mantenerme a conciencia en la frontera entre realidad y ficción.

A no haber querido elegir.

Y en esa elección, el idioma desempeñaba un papel fundamental.

Cuando volví a la casa de los conejos al cabo de veintisiete años, afluyeron a mi mente una serie de imágenes. No sé si de recuerdos se trata- no sé en verdad lo que es un recuerdo. En todo caso, afluyeron retazos de sensaciones, de imágenes, que el tiempo no había logrado hacer desaparecer del todo.

De esa afloración nació ese breve libro.

Creo que me ocurrió algo semejante a lo que evoca Jorge Luis Borges en un brevísimo cuento, “El cautivo”. En “El cautivo”, se cuenta la historia de aquel chico desaparecido después de un malón y que los indios se llevan. El chico vive con los indios durante años, hasta que los padres, después de mucho buscar, terminan por dar con él. El niño cautivo ya es adulto, o casi. Ya es indio, evidentemente. “Ya no sabía oír las palabras de la lengua natal” (1), dice el narrador. Pero el indio de ojos azules se deja conducir hasta la casa paterna. Al principio, su incomprensión es total. Parece haberlo olvidado todo. “Miró la puerta, como sin entenderla”, escribe Borges. Ya ni siquiera sabe cómo se vive en una casa con puerta. Pero, de repente, la casa surte su efecto.

Lo que ocurre en el cuento de Borges no tiene nada que ver con la puesta en marcha de la memoria; no tiene nada que ver con recordar, con el dominio del tiempo que el recuerdo supone.

Al volver a la casa paterna, el cautivo vuelve plenamente al pasado.

A no ser que el pasado penetre el presente sin pedir permiso ni avisar siquiera.

“De pronto, escribe Borges, bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico.” (2)

Algo similar, creo, me ocurrió al volver después de tanto tiempo a La casa de los conejos. En cada rincón de la casa en ruinas, me iba encontrando con un cuchillito de mango de asta…

Veintisiete años después, afloraron una avalancha de imágenes que tardé en procesar. Imágenes que surgían con increíble vigor. Cuando traté de fijarlas por escrito, en París, se me impuso el tiempo presente: para mí tampoco se trataba exactamente de recordar desde hoy, ni desde este lado del Atlántico, sino de fijar por escrito algo de eso que afloró cuando volví a la casa de los conejos. Ese alud de cuchillitos de asta.

Vuelvo al texto de Borges. Dice acerca del indio cautivo: “Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron.” La pregunta permanece sin respuesta. “El cautivo” se cierra sobre ese misterio.

Como el “cuchillito de asta”, ese vértigo que evoca Borges me habla.

En la casa de los conejos, encontré espontáneamente los gestos de entonces. Fui hacia el fondo de la casa y me agaché para entrar al “embute” – una pieza escondida, secreta, donde se encontraba una imprenta clandestina- por la entrada que para mí era la puerta de siempre.

A pesar de que todo estaba, desde años, destruido alrededor.

A pesar de que no había techo, ya.

Y se podía entrar por los costados, ya que parte de la pared del fondo estaba derribada.

Lo que provocó la sorpresa de la gente que se ocupa hoy de la casa. Nadie entraba al “embute” de ese modo. Nadie siquiera lo llamaba así.

***

No fui capaz de fijar esas instantáneas inmediatamente. Volver a la casa de los conejos me las había devuelto, las tenía en mente. Tan sólo las puse por escrito al volver de ese viaje, en París. Y en francés.

Aunque el castellano sea mi lengua materna, no quise traducir yo misma Manèges. Hubiese desaparecido ese filtro que tuvo un papel en el proceso de enajenación, de desprendimiento de esa parte de mi historia personal para transformarla en petite histoire.

Una vez que el proceso estuvo acabado, volver a la lengua de origen era demasiado peligroso.

Tal vez hubiese significado escribir otro libro, perder la parte de ficción que me confirió de manera inmediata el cambio de idioma, la extrañeza de aquella experiencia argentina vista desde la lengua francesa, la extrañeza de aquellos diálogos. Tal vez hubiese significado perderme en el vértigo del que habla Borges en “El cautivo”. Si bien creo que ese vértigo muestra la boca en las palabras que en Manèges no pude sino escribir en castellano.

Afortunadamente, los elementos ficticios – y entre ellos, el más evidente, a saber el cambio de idioma- me permitieron, creo, conjurar la trampa vertiginosa que hubiese podido ser para mí volver plenamente por la escritura a la casa de los conejos. Al fin y al cabo, la ficción es lo que me permitió aferrarme y asirme a la petite histoire para escapar al dolor de esa Historia. O al menos intentarlo.

***

¿Historia argentina, historia francesa? ¿Historia abordada desde el exilio lingüístico? – creo que en verdad no lo siento en absoluto de ese modo. No me siento en exilio en Francia.

Pero a veces tengo la sensación extraña de que es en Francia donde puedo sentirme argentina.

En Francia y en francés donde y como pude escribir esa historia.

¿Qué es la memoria – la memoria colectiva, la memoria “nacional”?

No lo sé.

En el fondo, creo que solo confío en la ficción.

En su fuerza.

En sus virtudes terapéuticas.

En la ficción como refugio – como lugar en donde vivir

Sólo confío en mis dos lenguas: la que me permite construir y la otra, aquella que a veces aflora, por la cual me paseo a veces.

En verdad, creo que confío en las lenguas. En sus cruces. En sus intentos de penetración mutua, en el ir y venir lingüístico que se realiza constantemente en mi mente. Y sin el que – estoy convencida de ello- ese libro que tal vez haga de mí una autora argentina no existiría.

Y terminaría con otra paradoja – con el perdón de Braudel. Creo que en mi caso, nunca hubiese podido ser una escritora argentina si no hubiese escrito en francés.

Laura Alcoba, Paris, Marzo 2010

(Intervención preparada para Botenstoffe, primera conferencia de autores argentinos y alemanes, Berlín, 2010)

Notas al pie

(1) Jorge Luis BORGES, “El cautivo”, en El Hacedor [1960], Obras completas, Buenos Aires: Emecé, 1977, p. 788.

(2) “El cautivo”, p. 788.

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